— La historia era algo así — le cuenta Luis Gonzalez, el junior de la empresa, a Federico Marchant un corporativo del lugar.
— Se supone que esa persona luego de entender algo, no sé que, se dio cuenta de qué era... Y como que entendió que no necesitaba nada, o algo así.
El administrativo no deseaba hablar con el junior, pero el viaje en ascensor debía hacerlo.
— Un día lo vieron llorando o riendo, no me acuerdo bien, en plena Plaza de Armas — dijo entusiasmado Luchito— ¿Y sabe qué pasó? — Preguntó con real intriga, obteniendo un desganado "no sé" de respuesta— la gente lo miraba y no lo entendía, o lo creían loco o simplemente lo ignoraban.
Federico con la vista firme al frente sólo esperaba llegar a su piso.
— No me acuerdo muy bien como seguía, pero lo que me acuerdo bien era que lo que había entendido es que no podía estar atado a algo, que había gastado muchos días de su vida en algo que sólo lo hacía caminar como máquina y parece que ahí el caballero entendió que podía cambiar el mundo, o algo así, no me acuerdo bien.
—Aquí me bajo, chao.
Luchito no supo que semanas después Federico dejó su dinero y se fue a vivir a África.
Por Miguel Catalán